El Cazador de Setas (Capítulo Dos)
Me quedé unos instantes inmóvil recreándome, todavía sin saber si había encontrado lo que buscaba, avancé con cuidado de no pisar ninguna y me arrodille ante la primera, aparté con delicadeza el musgo que lo arropaba y contemple su largo y grueso pie, blanco a crema con un marcado retículo blanco, casi nacarado; Acaricie sus poros todavía blancos, a pesar del tamaño, comprobé al tacto su dureza, que hablaba de juventud y me quede un buen rato sin saber que hacer observando como alucinado el resto de cabezas que asomaban sobre el musgo, unas tímidamente, otras altaneras, todas orgullosas.
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Jordi, todavía maldiciendo el inesperado encuentro que le obligó a dar tanto rodeo, cosa por otro lado poco agradable para su edad, se animaba porque ya estaba cerca del lugar, sabía que haría una buena recolección, no en vano, la semana anterior, lo había visitado y comprobado la existencia de boletos, ocultos bajo el musgo, de apenas, seis a ocho centímetros que considero dejar, ya que el lugar era de difícil acceso, se recreó pensando en el gran tamaño que tendrían, dada las buenas temperaturas y la continua llovizna de los días anteriores; De nuevo su familia y vecinos tendrían que rendirse a ante su superioridad a la hora de encontrar las mejores setas y otra vez le pedirían información para buscarlas, se sonrió pensando en que no les diría nada. Sorteó los últimos matorrales, para lo que hubo de ponerse a gatas y con cuidado asomó la cabeza al pequeño claro, tan conocido ¡!!!Mierda!! se le escapó, mientras pensaba -no es posible- un mozalbete, delgado, moreno, estaba arrodillado sobre el musgo, ante sus Boletos. El ruido de la maleza parecía haberle sacado de su ensimismamiento y giró la cabeza en su dirección, entonces le reconoció, se trataba "del chico del bar" con el que el día anterior había tenido una disputa, en realidad a sabiendas de la ignorancia del idioma catalán del chico, él y sus amigos le acorralaron con la similitud entre el vino tinto y el vinagre, pidiéndole lo uno y reclamándole lo otro, con amenazas de que les atendiera el dueño o alguien que entendiera su idioma. El chico, tan jovencito aguanto como un jabato a pesar de haber apreciado que se le humedecieran los ojos.
Salió de entre la maleza y se dirigió a su encuentro
¡! Hola chaval ¡!
¡! Hola ¡!
Le respondí tímidamente, le había reconocido, se trataba de uno de los payeses que habían querido burlarse de mí en el bar. Para romper la tensión, le pregunté, si las setas a mis pies eran los Boletos, que tanta fama tenían, me pareció que dudaba, pero al fin me contesto.
Si, has tenido mucha suerte, son Boletus edulis, y en un estado inmejorable.
Parecía querer despedirse y le indiqué, que si le gustaban, los recogiese, yo solo me llevaré tres o cuatro, para que Paco (el cocinero) los prepare y probarlos con mis compañeros.
Pareció extrañado, pero se arrodillo a mi lado y me preguntó
¿Sabes como se recogen?
No.
Separa el musgo, dejando el pie al descubierto, debes hincar la navaja al inicio del pie y dar un pequeño giro, mientras sujetas la cabeza, con la otra mano
Lo hizo así, a modo de enseñanza y me indicó, que hiciese lo mismo. Sentí como el Boleto triscaba en su separación de la madre y quedaba en mi mano, pesaba y desprendía un agradable olor. Luego me dijo.
Ahora has de cerrar la herida.
¿La herida?
Si, la herida que has ocasionado al micelio, debes tapar con cuidado la zona y recolocar el musgo encima, de esta forma el micelio seguirá dando fruto.
Me consideraba afortunado, había encontrado lo que buscaba y al mismo tiempo aprendido una lección; Una de tantas, que a lo largo de una vida iban a ayudarme a respetar a mis amigas y con ellas a toda la naturaleza.
Nos pusimos los dos a faenar y en poco rato teníamos una buena cosecha y tal vez el inicio de una amistad, una amistad entre un niño y un hombre de distintas procedencias, el uno comenzando su vida, el otro en su ocaso.
Al día siguiente Jordi, junto con sus compañeros, apareció en el bar para desayunar, como todos los días.
El hijo del dueño se acercó, a preguntarles su comanda y Jordi le dijo:
Que nos atienda Cesar, por favor.
Me acerqué a atenderles y me dijo.
Para el sábado le dices al jefe que cojes el día libre, le dices que te lo ha dicho "el Jordi", que tengo que enseñarte algo.
Y me guiñó un ojo, en señal de complicidad, evitando que se enterasen sus compañeros, no sea que afectase a su fama.
El sábado tal y como habíamos acordado, a las seis de la mañana Jordi me esperaba en su "Land Rover", ante las puertas del bar, todavía cerrado. Yo había pedido prestada una cesta de mimbre a Paco el cocinero, que ante el éxito anterior - tan alabado - no dudó en darme, diciéndome:
Toma es para ti, tráela llena.
Tras un largo recorrido hacía el valle y por él, pasamos por un pequeño pueblo de La Cerdanya, llamado Rius y comenzamos una subida escarpada, por un camino de tierra embarrada, que al todo-terreno, trabajo le costó, pronto entramos en grandes y verdes praderas, ocupadas por el ganado de los vecinos, que pastaba en libertad.
Jordi era poco hablador y tan solo comentó, que iba a enseñarme la seta a la que los vascos llamaban "Perretchicos" la Calocybe gambosa, de las que decía que con ellas su mujer, preparaba deliciosas cremas, no sin antes advertirme, que se trataba de un secreto y que jamás debería decir a nadie dónde se encontraban las "moixeorneras" como el las llamaba.
Me comentó que se trataba de una seta de aparición primaveral, pero que él sabía donde encontrarlas al inicio del otoño, nos detuvimos en un lateral de la pista y recorrimos una pequeña distancia, mientras me comentaba.
Mira la diferencia de color y tamaño de la hierba, fíjate en que forma rodales, algunos llegan a alcanzar kilómetros de diámetro, son de senderuelas, Marasmius oreades, También salen en primavera, aunque a veces.....
Nos acercamos a varios sin suerte alguna y continuamos, mientras me decía.
Alguno de esos rodales También son de perretchicos, pero nosotros, vamos a acercarnos al linde con los pinos y miraremos entre las rocas y los espinos.
Así lo hicimos y al poco rato me llamaba emocionado.
Cesar, ven corre.
Estaba de cuclillas apartando unas zarzas, me acerqué y vi unas setas pequeñas de color crema, como arracimadas, siguiendo una línea, arrancó una y me dijo que la oliera, olía a harina húmeda muy intensamente, me agaché, con la intención de recogerlas, pero me indicó que no lo hiciese.
- No Cesar, son muy pequeñas, hay que esperar a que les dé tiempo a esporar, la semana próxima, vendremos y verás que su tamaño se ha multiplicado, entonces llenaremos la cesta.
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